lunes, 1 de marzo de 2010

Dejen que el sol se ponga sobre su enojo.

Leo un artículo en la Harvard Business Review que me interesa. Su autor es un profesor de la Universidad de Duke, autor de un libro, cuyo título ya promete "Predictabliy irrational".

El autor viene a explicar cómo el "calor del momento" nos lleva a tomar decisiones erróneas. Y como la importancia y frecuencia de este tipo de decisiones irracionales es mucho mayor de la que nos podemos imaginar. Esta tesis me recuerda a la que expone magníficamente un libro diminuto titulado "El arte de amargarse la vida".

Pero lo que más me llama la atención no es que adoptemos decisiones erróneas a menudo por efecto del cabreo, la ira, el nerviosismo, la angustia.... La alegría, el regocijo y otras emociones positivas también pueden provocar reacciones que se apartan de lo que podríamos considerar "normal". Lo que más me sorprende es que cuando adoptamos una decisión errónea, o anormal, derivada de nuestro estado emocional, esta decisión suele perpetuarse en el tiempo, independientemente de que el estado emocional que la provocó ya no perdure y pueden convertirse en la pauta habitual de nuestro comportamiento.

A ver si logro explicarme. Dice (y lo dicen porque lo han comprobado empíricamente) que las emociones suelen tener una fuerte influencia en las decisiones que adoptamos. Y han comprobado que esas decisiones suelen repetirse en el tiempo. Estamos enfadados (o bajo la influencia de una película estresante o cualquier otro tipo de emoción negativa) y en ese momento tenemos que adoptar una decisión. Optamos por una de las posibilidades (probablemente no la óptima). Pasa el tiempo (y el enfado o cualquier otra influencia negativa). Olvidamos la situación que causó el influjo negativo y, de repente, nos encontramos en una tesitura en la que tenemos que adoptar una decisión similar a la anterior. ¿Y qué creen que haremos? Desaparecido el influjo que determinó la decisión, lo lógico es que pensásemos de modo objetivo y adoptasemos (si el estado emocional es de adecuado equilibrio, como era en el experimento) la decisión óptima. Pues no. Resulta que tendemos a repetir (tanto si estaban motivadas por situaciones tremendamente positivas o negativas) las decisiones inicialmente adoptadas.

¿Por qué? Pues porque aparte de racionales parece ser que el ser humano es eminentemente prácitco (y algo vagueta diría yo). Cuando nos enfentamos a una situación similar a otra por la que ya hemos pasado, recurrimos a la memoria y a las decisiones adoptadas en situaciones anteriores. Y... solemos aplicar la misma solución.

Conclusión. La ira, el enfado, la tristeza, la euforia, la alegría desmedida suelen ser malas consejeras. De modo que, si se encuentran en una de estas situaciones y tienen que adoptar una decisión importante, casi mejor que se tomen un respiro, descansen un rato y, cuando se encuentren más tranquilos.... decidan. Al contrario de lo que recomendaba la mamá de "Mujercitas" dejen que el sol se ponga sobre su enojo.

Puede que el enfado no perdure, pero... cuando nos vemos


que las emociones tienen más influencia de la que pensamos sobre nuestras decisiones. Si estamos enfadados es posible que adoptemos decisiones
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