
De todos modos, me da un poco de pena. Un familiar muy cercano dice que las iglesias que no tienen santos no le inspiran para rezar. Y desde luego las paredes de piedra, las esculturas, el olor de los cirios, la luz filtrándose por las vidrieras, las sombras en las piedras, las llamas que iluminan los santos y los rostros de los fieles, conforman un ambiente con una cierta magia. Independientemente de la orientación religiosa de cada uno, creo que estos lugares invitan a la reflexión, a la meditación, a pararse a pensar en lo trascendente. Tal vez las velas digitales lleguen algún día a ser algo normal, pero... yo creo que de momento me apunto a visitar de cuando en cuando los templos monumentales. Y, con sinceridad les digo, la Catedral de Santiago bien merece unas cuantas visitas. Siempre descubrirán algo nuevo!
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