jueves, 8 de septiembre de 2016

Uber, ¿aliado del pequeño comercio?

Uber es una de esas empresas que no deja a nadie indiferente. Ha levantado financiación por un importe de 18.000 millones de dólares(y dicen que quieren levantar más aunque no lo necesiten para tener a buen recaudo a los competidores), opera en 425 ciudades y en 72 países. Su facturación en el primer semestre del año se ha estimado en 2.100 millones de dólares y a pesar de que las pérdidas se estiman en 1.300 millones de dólares su valoración ronda los 70.000 millones de dólares. Las cifras marean y también el ritmo de crecimiento de la empresa. 

Uber es una de las empresas que aprovecha la tendencia hacia la economía colaborativa, y, a la vez aumenta el impacto y alcance de ésta.  Para las nuevas generaciones el disfrutar es más importante que el tener. Muchos jóvenes ( y no tan jóvenes) prefieren pagar sólo por lo que usan y no tienen interés alguno en poseer un coche, hasta hace poco un bien útil y también, en muchos casos, un símbolo de status.  Poseer un coche, aparte de conllevar un desembolso económico inicial importante, acarrea otros desembolsos económicos (seguros, reparaciones) y tareas que para algunos pueden resultar engorrosas (buscar un lugar donde aparcarlo, temor a que sea deteriorado o robado, etc.). Buena parte del éxito de Uber se debe a esta tendencia hacia la economía colaborativa. A ello se unen la facilidad de pago (no es necesario llevar dinero o tarjetas de crédito encima, sólo el móvil), la abundancia de vehículos, y los precios bajos.

Los bajos precios (a pesar de que pueden contrariar a los conductores de Uber) son muy agradecidos por los usuarios. De hecho, según estimaciones de Deutsche Bank, en las 20 ciudades metropolitanas más importantes de América, el coste por kilómetro de usar Uber es inferior al de usar el propio vehículo.

Y... hablando de tendencias. En los últimos años en algunas ciudades de España hemos visto como la proliferación de grandes superficies ha dejado los centros de las ciudades despoblados y sus locales comerciales vacíos. La gente prefiere acudir a hacer sus compras y a disfrutar de su ocio (muchos centros  incluyen cines, restaurantes y otros lugares de hostelería) a los centros comerciales de la periferia. La dificultad y carestía de encontrar aparcamiento en el centro de las ciudades (mientras que en los centros comerciales imperan los parkings gratuitos) es la razón aducida en muchos casos. Esta tendencia, no obstante, comienza a revertir en algunos países de Europa.  Uber y otras empresas similares podrían ayudar a que los centros de las ciudades volviesen a llenarse. Si resulta fácil y barato encontrar un transporte que nos lleve al punto exacto que
queremos y, si el aparcamiento deja de ser una preocupación,  los consumidores  pueden volver a encontrar atractivo hacer sus compras y disfrutar de su ocio en las calles céntricas y en los pequeños comercios que las pueblan. Mientras que  los fabricantes de automóviles (aparte de los taxistas) pueden ser los grandes perjudicados (si más gente entiende que no le compensa poseer un coche sino alquilar los servicios que  precisa, se venderán menos automóviles) por Uber, los pequeños comerciantes que con sus tiendas dan variedad, colorido, sabor y un ambiente único y distinto al centro de cada ciudad, pueden tener en  ésta y otras empresas del transporte colaborativo un aliado que facilite el acercamiento de los consumidores a sus locales. Quien sabe. De todos modos, al ritmo que va la compañía, en breve tendremos respuesta.

viernes, 10 de junio de 2016

La orografía y el carácter: Galitzia y Galicia

Siempre me ha fascinado intentar entender cómo distintas circunstancia condicionan el carácter de las personas. Las experiencias vitales, las personas que nos rodean (especialmente en nuestros primeros años) y la forma en cómo nos perciben moldean nuestro carácter. También el paisaje tiene su importancia. Se dice que el cerco que imponen las montañas en los valles de Galicia configura una personalidad diferente a la que tienen las personas de la Meseta habituadas a horizontes despejados, amplios y donde el horizonte parece no tener fin. Recientemente estuve en Centroeuropea, concretamente en Polonia que tiene una región llamada Galitzia.  Galitzia es verde y tiene árboles como Galicia, pero en la orografía es muy distinta. Allí el paisaje es plano, horizontal, verde y ordenado. Y… esto quizá pueda explicar ciertos rasgos de la personalidad colectiva. Polonia es un país llano, fértil y próspero, denominado el granero de Europa. Objeto de deseo como proveedor de materias primas y alimentos para distintas potencias, ha sido invadido en diversas ocasiones. Los polacos dicen que las planicies y las llanuras favorecen las invasiones y eso les hecho les ha hecho forjar un carácter en el que a veces aflora cierto desvalimiento y reserva.  Parece que, incluso en tiempos modernos, el recuerdo de la amenaza de invasión sigue presente.

Y… puede que el paisaje no sólo influya en el carácter sino también en los gustos. Uno de mis grandes entretenimientos es observar la geografía (natural y humana) desde los aviones. Lo confieso, estoy acostumbrada a las colinas, valles, subidas, bajadas, y paisajes sinuosos y caprichosos de Galicia. Me encantan estas disposiciones desordenadas en las que el hombre adapta su hábitat a las posibilidades que el paisaje le ofrece. El conjunto me parece armonioso en su desorden, rico en su variedad, e imaginativo en sus caprichosas formas. Por eso me resultan más aburridos los paisajes urbanos que rodean muchas ciudades europeas en las que la facilidad de un terreno llano permite disponer edificios con líneas y formas geométricas absolutamente perfectas. Supongo que es cuestión de hábito, pero me quedo con las formas irregulares, caprichosas, donde no siempre se adivina cómo se va a disponer la próxima colina o la próxima pared. Será por la misma razón por la que me atraen más las personas con las que siempre existe capacidad de sorpresa y con las que uno no siempre adivina el su próxima salida.








domingo, 22 de mayo de 2016

Las joyas de Turín: museos y chocolate

Entre las joyas de Turín está el museo Egipcio, el segundo más importante del mundo y en la actualidad ( debido a los problemas de seguridad) el más visitado. El lugar sorprende por la  cantidad de momias, tumbas, esculturas y objetos funerarios allí guardados. Toda clase de objetos que se estimaban necesarios en el más allá (desde pelucas, a ropa interior, calzado, joyas, por supuesto) se encuentran perfectamente conservados. Llaman la atención las momias de animales, lejos de ser siniestras, con sus formas redondeadas y sus ojos pintados, parecen salidos de una película de dibujos animados. El guía explica con detalle el por qué de todas las esculturas y su significado. También nos cuenta la historia escrita en un papiro acerca de la primera huelga de la humanidad protagonizada por los artesanos que construían las tumbas del Valle de los Reyes. Historia fascinante, cuyo final no sabemos a ciencia cierta ( esa parte del papiro se ha perdido) aunque intuimos que los trabajadores tuvieron éxito y, tras dos meses de huelga, pudieron cobrar los salarios que se les debían. 

Al lado de esta joya de colección, algunas otras que podrían pasar desapercibidas, como restaurantes escondidos en enormes palazzos. Desde la calle se accede a través de una grandiosa puerta de madera que conduce a patios muy espaciosos y llenos de vegetación. En el primer piso de uno de estos caserones está el restaurante del Circole dei Leitorie ( el círculo de lectores, la empresa de venta por catálogo). Cuesta encontrar el comedor, una estancia amable, escondida y con las paredes repletas de los cuadros con los que los artistas en apuros pagaban sus cuentas.

Y.., para una amante del chocolate como yo, Turín es el paraíso. Disfruto a conciencia una taza de chocolate negro y la torta especial de la casa ( tres chocolates, por si había duda) en la terraza del cafe Biccerin a la sombra de un campanile airoso de ladrillo y una iglesia barroca. La calle está animadísima el viernes.  Una pena que las nubes no permitan apreciar la majestad de los Alpes nevados que a lo lejos vigilan la llanura por la que el Po discurre tranquilo y señorial.

El Café San Carlos en Turín

En esta vida siempre es bueno tener expectativas modestas. La realidad suele compensar. Turin ha vuelto a confirmarlo. Pensaba en una ciudad industrial con pocos atractivos que ofrecer. En mi mente estaba ligada a la FIAT, la Juventus ( una no vive en una burbuja), los documentales de la Sabana Santa y, ... los bombones Ferrero Rocher. 



Por eso la ciudad me sorprendió enormemente. Fue capital de Italia ( la primera), cuna de los Saboya y eso se nota en sus ademanes y trazas señoriales. Amplias avenidas con soportales de unos cuatro metros de ancho con un enlosado de enormes piedras planas y relucientes por el uso.  Calles de trazado rectilíneo, plazas espaciosas y edificios majestuosos. Escondidos en estos soportales elegantes cafés que en muchos casos  conservan la decoración y ambiente de finales del siglo XIX. 

Uno de los más famosos es el Cafe san Carlo, en la espaciosísima cuadrangular plaza del mismo nombre. Como soy madrugadora, me sobra algo de tiempo antes de empezar mis reuniones y entro en el café. Inicialmente estoy sola y tomo posesión, bajo la perezosa mirada de los camareros de esta maravilla decimonónica. Es de planta cuadrada, con barra al frente, sofás granates en dos de sus cuatro paredes,   veladores de mármol verde y pie dorado. El suelo es de mármol y forma distintas figuras. En las paredes sobresalen columnas planas de fuste estriado y capitel corintio y frisos con decoración pompeyana. Espejos dorados, algunos muy recargados en un mar de  profusión decorativa que, a mí en este caso me parece armonioso.

Una gran araña de cristal de murano blanco cuelga del techo. Es tan enorme que agradezco que la sillas estén dispuestas junto a las paredes y no en el centro de la sala. Me siento en un sofá y soy la única. Los italianos entran toman un café en la barra grande, pagan en la barra pequeña y se van. Acompaña mi capuchino un chocolate con sabor a avellana, típico de aquí y un vaso diminuto de agua mineral con gas, seña de la casa.
La plaza está vacía y el café también. 2/3 clientes a lo sumo. Pero los tés camareros impecables con sus pajaritas parecen siempre ocupados. Puedo asegurar que el look hipster ha llegado también a los camareros italianos.


miércoles, 6 de abril de 2016

Los 80, los nuevos 60



Todos los días leemos publicaciones que indican que los 80 son los nuevos 60 y los 60 los nuevos 50. Celebridades y casos de las revista, al margen, algunos tachan estas afirmaciones de exageradas, pero yo me pregunto justo lo contrario y me planteo si no se quedarán cortas.

Los mayores de hoy (y todos tenemos ejemplos muy cercanos) viajan ( difícil en algunos casos seguirles el ritmo!), se interesan por temas y causas sociales, abrazan las nuevas tecnologías (he de reconocerlo, mis amigo silversurfers son mis mayores y más rápidos proveedores de contenido ), colaboran y se involucran en causas sociales y, al igual que los jóvenes de otros tiempos, son una voz en la sociedad que nadie puede ignorar ( por número, nivel de compromiso, capacidad de organización, etc.).

Pero incluso la cuestión va más allá. Ayer viajando en el tren de Santiago a Coruña coincidí con un grupo de jubilados que volvían de visitar  la ciudad del Apóstol. Me fijé en sus ropas: cómodas, funcionales y deportivas, con un punto de sofisticación en sus complementos.  La clase de ropa que una llevaba en su etapa juvenil y universitaria. Eran un grupo numeroso de distintas nacionalidades que viajaban juntos entendiéndose en Inglés. Por lo que pude percibir, alemanes, americanos, británicos, daneses, y gente de otros lugares cuyos acentos y lenguas no identifiqué. Viéndolos juntos en el tren me acordé de mi viaje de inter rail de hace ya casi dos décadas. 

Hablando con ellos me comentaron que estaba haciendo un tour en crucero por el mundo. Hasta ahora ( y aún les quedaban etapas) llevaban 91 días de navegación (me río yo de mi viaje de inter rail). Durante la conversación me contaron que habían estado en Malasya, Sri Lanka, India, Jordania, Omán, Emiratos Árabes Thailandia y muchos otros  lugares que podríamos llamar exóticos. Se regocijaban de haber podido cruzar el Canal de Suez y disfrutar de su espectáculo a pesar de los tiempos convulsos. Conforme avanzaba la conversación mi admiración ( y envidia sana ) hacia estos intrépidos viajeros iba en aumento. No solo por la envergadura de su viaje sino por el interés que mostraban continuamente por conocer cosas de España y Galicia. Durante todo el trayecto me preguntaban por los lugares que atravesábamos, los cultivos, la ocupación de la gente, las industrias de la zona y todo aquello que se les iba ocurriendo. En los pocos momentos en los que su curiosidad parecía saciada antes de que se les ocurriese otra pregunta, yo aprovechaba para conocer más cosas sobre ellos. Mis vecinas de asiento, provenían de Philadelphia y según supe habían aprovechado el viaje para colaborar con alguna ONG en el Sudeste asiático. Cuando llegamos a destino me dio pena no tener más tiempo para disfrutar conversando con ellas y por una vez (sólo por una vez) eché de menos aquellos trenes de hace unos años de recorridos interminables y horarios indefinidos. A veces la eficiencia, resta encanto a las cosas. 

Cuando me despedí de ellas ( no sin antes recomendarles un tour rápido por la ciudad) empecé a pensar: curiosos, activos, ávidos de descubrir el mundo, generosos, altruistas, con ganas de disfrutar de la vida ... ¿ no son éstas características de la juventud? ¡Definitivamente, los 80 son, como mucho, los nuevos 60!

P.S. Este post está dedicado a Suso, incansable organizador de viajes, curioso, activo, generoso, amable, tranquilo y dotado de una retranca que sólo da la inteligencia, y con el que tuve oportunidad de viajar. Suso nos dejó hace unos meses. Estoy segura de que habría disfrutado organizando para sus amigos un crucero como el de mis compañeros de tren. 


sábado, 27 de febrero de 2016

La solitaria ruta de A Marronda

El pasado fin de semana mis amigos de Verso Libre, habían organizado una ruta de senderismo en la zona de A Marronda. Un lugar precioso en el interior de la provincia de Lugo en el que la ruta discurre por la zona del alto Eo cruzando una y mil veces el cauce del río, en ocasiones saltarín y atropellado como el joven que es a esa altura, y en otras, tranquilo y sosegado, como si ya anticipase el ritmo que tendrá cuando

bastantes kilómetros más adelante, se acerque al Mar Cantábrico. Caminamos entre bosques de hayas, robles y castaños, desnudos en esta época del año. La luz del sol se filtra entre los troncos esbeltos de los robles jóvenes que se elevan estilizados hacia el cielo, como si fuesen las cuerdas de un arpa en la que el viento arranca melodías y susurros.

Es ésta una zona rica en pizarra cuyas formas agrestes, duras y cortantes asoman en la superficie de los caminos. En las zonas altas se pueden contemplar los montes cercanos redondeados y cubiertos de brezo. También en ellos asoma la pizarra en determinadas zonas, formando cordilleras afiladas e incisivas de color grisáceo. Cerca de la cuenca del río abundan las ouriceiras, construcciones circulares utilizadas para guardar las castañas en los propios soutos (o bosques) y protegerlas de la voracidad de animales como jabalíes. En la actualidad sólo parecen servir como almacén de de las hojas secas que por casualidad han ido a caer dentro de sus paredes. 

Es una ruta bonita, con subidas y bajadas que ponen a prueba las piernas y la resistencia de los caminantes. Como siempre, los bastones, los grandes aliados, y el buen humor un arma infalible contra el desaliento. Es  una ruta solitaria. En 20 kilómetros no nos cruzamos con ninguna persona, no pasamos por ninguna casa habitada (tan sólo por un antiguo molino hoy deshabitado con su hórreo de planta cuadrada), no apareció ningún can, y tampoco nos topamos con campos cultivados que revelasen la presencia del hombre. Tan solo en el área recreativa de Cortevella se siente la mano del hombre que incluso ha instalado un ascensor en este lugar. Por inaudito que parezca, en el medio del campo existe un ascensor para salvar un desnivel del terreno. Eso sí, para no desentonar con el paisaje, el ascensor es de un color parduzco Desconozco cuál es el nivel de utilización de esta extravagancia que parece más propia de regímenes gobernados por dictadores caprichosos. Probamos, pero ese día no funcionaba. Casi siento alivio al saberlo!
Ha sido un lujo poder disfrutar de esta ruta tan bonita y bien acondicionada y señalada.En el camino de vuelta comienzo a pensar en la despoblación que vive el campo gallego. Cada vez menos personas viven en zonas rurales y las que lo hacen son, en general, de avanzada edad. Si el éxodo campo ciudad no se detiene en algún momento, pronto zonas enormes estarán completamente deshabitadas. Y en ellas será aún más difícil mantener senderos, acondicionar rutas o disponer de fuentes. Quizás entonces lo más exótico en las caminatas no sea descubrir el vuelo de un buitre, las huellas de un lobo o las flores de una planta extraña. Entonces lo exótico será ver una columna de humo que escapa de una chimenea elevándose hacia el cielo. 








martes, 16 de febrero de 2016

El síndrome de hybris

El pasado fin de semana el tiempo arreciaba duro. Era una apuesta temeraria salir a la calle y, en esas circunstancias, el cine se configura como una magnífica opción. Fui a ver "La gran apuesta" otra película sobre la crisis de 2008 que llevamos sufriendo largo tiempo y que tiene pinta de convertirse en cuasi permanente. Tal vez mi afirmación sea algo exagerada, aunque lo cierto es que sí ha cambiado la forma en cómo concebimos el mundo y las relaciones entre las personas e instituciones. La película comienza con una frase de Mark Twain: "lo que te mete en problemas no es lo que no sabes, sino lo que crees saber". Muy acertada para describir lo que sucedió.

A mí me ha hecho recordar el libro que estoy leyendo y que es recomendación de una persona magnífica, inteligente, trabajadora, sencilla y generosa. El libro se titula "En el poder y en la enfermedad" y en él David Owen, neurólogo y político durante muchos años estudia la relación entre las enfermedades (físicas y psicológicas) de los dirigentes políticos (jefes de estado y de gobierno) y sus actuaciones durante los últimos 100 años. Resulta sorprendente conocer la opacidad con la que en muchos casos se han tratado estas circunstancias que, como bien apunta el autor, tienen enorme trascendencia sobre la vida de los ciudadanos. 

Dedica una parte del libro a explicar el síndrome de hybris (hubris sindrome) esa afección que los legos llamaríamos megalomanía y que los griegos describieron de este modo "un acto de hybirs es aquél en el cual un personaje poderoso, hinchad de desmesurado orgullo y confianza en sí mismo trata a los demás con insolencia y desprecio". Sin duda, ello supone una pérdida de capacidad, de aquellos que alcanzan el éxito y que les hace sentirse excesivamente seguros de sí mismos y despreciar los consejos que van en contra de lo que creen, o en ocasiones, toda clase de consejos, y que empiezan a actuar de un modo que parece desafiar a la realidad en sí misma".

Apunta el autor que los síntomas conductuales que permitirían hablar de hybris crecen en intensidad según aumenta la permanencia de un jefe de Estado o de Gobierno en el poder. Y.. ¿cómo reconocer cuando se dan estos trastornos de la conducta? Owen describe los síntomas que permitirían reconocer esta afección. Entre ellos 
. una inclinación narcisista a ver el mundo como un escenario en el que pueden ejercer su poder y buscar la gloria, en lugar de verlo como un escenario con problemas que requieren soluciones prácticas
. una predisposición a realizar acciones que den una buena imagen de ellos
. una preocupación desproporcionada por la imagen
. una forma mesiánica de hablar
. una tendencia a hablar de sí mismos en tercera  persona o con el mayestático "nosotros"
. pérdida de contacto con la realidad, unida generalmente e un progresivo aislamiento
. exagerada creencia en lo que pueden conseguir personalmente
. excesiva confianza en su propio juicio y desprecio del consejo y la crítica ajenos

y así hasta 14 síntomas que Owen desgrana y explica para pasar luego a ilustrar con ejemplos (de gente tan conocida como Kennedy, Mitterrand, Bush o el Sha de Persia) manifestaciones reales de estas afecciones. Quizá tan interesante como constatar las debilidades de los hombres más poderosos del planeta, sea conocer cómo las personas a su alrededor (familia, médicos, ayudantes, etc) trataron estas situaciones complicadas.

Al leer la lista de síntomas, inmediatamente pensé en otro libro que estoy leyendo, regalo de mi amiga Geetha, y que se titula "The fate of Africa". Es un libro muy bien documentado, que narra la historia de los países de Africa desde la descolonización. En esas tierras y en ese período abundaron dirigentes que cometieron todo tipo de desmanes, crímenes y tropelías imbuidos de la idea de que detentaban un poder cuasi absoluto y sin límites escribiendo páginas muy dolorosas y sonrojantes (sobre todo para los que consistieron y apoyaron tales regímenes) de la historia.

Luego reflexioné. ¡Qué fácil es ver la paja en el ojo ajeno! Tal vez tengamos una muestra del síndrome de hybris mucho más cerca de lo que creemos. Escuchando la radio y leyendo los periódicos estos días, una siente bochorno respecto del comportamiento de algunos líderes políticos. Estos parecen haber olvidado que su principal cometido es gestionar los problemas del pueblo buscando la mejor solución. Y lo curioso es que estas manifestaciones del síndrome de hybris, al menos en el caso español, no parecen necesitar del ejercicio de poder para mostrarse en toda su plenitud. ¡Ay Dios! ¿será que en este campo España también is different?

domingo, 17 de enero de 2016

Los palabros

Las noches de insomnio tienen su parte productiva. El jueves pasado el agua y el viento arreciaban fuertemente y batían contra mi ventana con tal estruendo que resultaba imposible conciliar el sueño.  Pensé que se trataría de una (otra) ciclogénesis explosiva, esas borrascas de primera división que en los últimos años han tomado apego a la costa gallega y que otros denominan "bombas metereológicas". Miré en Internet y, se trataba sólo de una ciclogénesis a secas, sin el apellido de explosiva. Supongo que será para no alarmar. El mero nombre de ciclogénesis explosiva hace temblar al más pintado. Y... ya está bueno el panorama (familia real, gobierno central, economía, escena internacional...) como para añadir más motivos de alarma al pobre ciudadano al que, como a Obelix, solo le falta tener que preocuparse de que el cielo se le desplome encima. Las ciclogénesis explosivas ( con su evocación apocalíptica digna de la más osada peli de efectos especiales) entraron  hace relativamente poco en nuestras vidas. Hace diez años nadie había oido hablar de estos fenómenos metereológicos cuyo nombre estremecedor nos hace evocar al mismísimo George Lucas. Tal vez sea un efecto del cambio climático que amenaza con perturbar de modo importante nuestra forma de vida. Lo curioso es que igual que la ciclogénesis ha aparecido en nuestras vidas ( haciendo que por su obra y gracia mi casa salga en el Telediario de la Primera, ¡ahí es nada! de forma recurrente) ha desaparecido totalmente la galerna del Cantábrico.Puede ser el cambio climático, aunque me inclino más a creer que se trata de un cambio de denominación buscando un nombre más efectista, sonoro y acorde con los tiempos. ¡Desde luego, para salir en el telediario suena mejor una ciclogénesis que una humilde galerna!

Y, como el viento seguía ululando y la lluvia golpeando con fuerza mi ventana, me puse a pensar en esa afición tan española de cambiar los nombres de las cosas usando vocablos (preferentemente tomados del Inglés) extraños en lugar de usar el rico castellano.Vino a mi cabeza la humilde (en ocasiones vergonzante) y obrera  fiambrera que fue sustituida por el cosmopolita, sofisticado y moderno tupperware, o tupper a secas, como le denominan los más guays. Cierto que hay algunas diferencias entre la fiambrera gris de aluminio y los coloridos especímenes de plástico que se usan ahora, pero, creo yo, son cosas de la evolución. Del mismo modo que el 600 de mi madre no tenía más que tres o cuatro botones y ahora mi coche parece un ordenador de la NASA y ambos siguen denominándose coches o vehículos, no sé por qué nuestras fiambreras han sucumbido al tupper.

Soy una defensora del estudio de los idiomas, pero creo que cada cosa para lo suyo, y eso de sacrificar nuestras palabras en pro de los vocablos de la lengua de Shakespeare me fastidia, especialmente cuando esta cesión se produce no ante conceptos nuevos sino ante conceptos que (con su consabida denominación) llevan años instalados en nuestro idioma. Entiendo (aunque me duela que no logremos encontrar la palabra adecuada) que adoptemos el sajón selfie para referirnos a las autofotos que hacemos con el móvil y por las que más de uno ha arriesgado su vida. Pero, me cuesta mucho más asumir que desplacemos palabras asentadas en el idioma por otras exógenas. Los chicos ahora tienen "skates". Curioso, porque los mismos artefactos (con distinta decoración y menos accesorios de cascos, rodilleras, coderas...) se denominan desde hace más de 40 años monopatines en España. Cierto que el tuneado ha cambiado, pero su función básica de hacer cabriolas por las calles, pegar brincos buscando usos "imaginativos" al mobiliario urbano, permanece. Igual que permanece su potencial amenaza contra peatones, especialmente de edad avanzada. ¿En qué se distinguen entonces un skate y un monopatín? Todavía no lo tengo claro.

Alguien puede pensar que el concepto monopatín es, no obstante, relativamente nuevo en una lengua de solera como la nuestra. Pero, las sustituciones de palabras tradicionales por otras de importación llega hasta conceptos que están en el Nuevo Testamento.  Ahora resulta que están de moda los "wedding planners", esos señores (generalmente señoras) que se encargan de dirigir a todas las personas involucradas en la organización de una boda. Son gentes siempre pegadas a un móvil (y a veces también a un pinganillo) muy estresados para que todo esté como quieren los novios en su gran día (que además suele llevar cada vez más a puestas en escenas y caprichos de lo más originales) y que empiezan a ser una personaje caricatura en el mundo del cine. Pues resulta que el concepto de wedding planner no nació ayer. En el Nuevo Testamento, al hablar de las Bodas de Caná en las que Cristo hizo el milagro de convertir el agua en vino, hay una figura parecida. Y, que yo sepa, jamás hemos oído en la iglesia decir "Cuando el wedding planner probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde venía (los sirvientes, que habían sacado el agua, sí lo sabían), llama al novio y le dice: «Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya todos están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora». Yo jamás he oído eso.Nadie se ha referido en un púlpito al wedding planner de Caná y, sin embargo, como las meigas, parece que existió. El castellano tiene riqueza suficiente y la traducción de las Escrituras habla de del maestresala o del mayordomo. Puede que estas palabras suenen algo más arcaicas o antiguas, pero también aportarían el lustre de la pátina del tiempo que, por otro lado, se busca organizando este tipo de eventos en palacios, castillos, pazos y demás lugares de abolengo. Pensándolo bien, eso de wedding planner suena muy funcional, como a oficina, distrito financiero o congreso de médicos. Desde luego mucho más romántico lo de maestresala.