jueves, 22 de octubre de 2015

Exuberancia normativa

No, no me estoy refiriendo a la fiebre ( algún amigo mío emplea otra palabra) regulatoria que le ha entrado a los supervisores, especialmente en materia bancaria en los últimos tiempos. No. Me refiero a las normas que una se encuentra continuamente por la ciudad de NY. Supongo que todas tienen una razón de ser, pero a veces esto se vuelve "pesadin". Algunos ejemplos de estos días
  1. En la sofisticada cafetería del Whitney Museum ( donde por cierto el café cuesta 7 dólares) no le dejan a una tomar café si no está adecuadamente sentada en una silla. No es que tomen medidas contra esa costumbre de ir paseando con los cafés en la mano, con el consiguiente riesgo para los transeúntes ( riesgo que aumenta en un museo donde la gente cansada de pasear por las salas se mueve desorientada). Que va! Poner la taza en la barra del bar ( elemento que parece de una solidez y estabilidad adecuada para la tarea ) tampoco sirve. Es necesario tener silla ( incluso en la barra ). Si no hay silla, no hay café. ¡ ay como sufrirían los dueños de muchos bares de España con normas como esta!
  2. Sigamos con los museos ( lugares con tendencia s la imposición de normas donde los haya). Visite la Neue Gallery ( un museo delicioso dedicado al arte austriaco y aleman de principios del SXX y que cuenta con el magnífico retrato de Adele Bloch-Brauer pintado por Klimt y que merece por si un post) un día de muchísimo frío, alrededor de cuatro grados. En el museo hacía calor así que mientras atendía las explicaciones de la guía, me quite el abrigo y lo sostuve en el brazo. Un empleado surgió como un resorte de su disimulada posición junto a la pared y me dijo que no podía tener el abrigo en la mano. Tenía dos opciones. La primera, ponerme el abrigo, aún a riesgo de tener que llamar a los servicios de urgencia por asfixia. La segunda, atarmelo a la cintura por encima de todos los jerséis, chaquetas y bufandas ( prenda cuyo porte en la mano también estaba prohibido) que había acumulado sobre mi cuerpo con el fin de protegerme del frío. Visto, lo que cuestan y lo complicados que son los servicios médico en este país, opte por la segunda opción. Durante el resto de la visita fui arrastrando mi abrigo ( con algún pequeño percance cuando algún otro visitante pisaba mi atuendo) por todas las estancias. ¡ pocas veces los suelos de la Neue Gallery estuvieron tan limpios!
  3. Volvamos a los cafés. Ayer cené en uno de estos restaurantes del Soho con mesas diminutas en las que, además de los cubiertos y platos, se empeñan en encajar un ramito de flores y todo un set de saleros, pimenteros y otros envases de condimentos de tamaño nada desdeñable. Venía cargada tras todo el día con abrigo, bufanda, ordenador , bolso, libros ..... Era temprano ( me encanta esta costumbre tan anti española de cenar temprano) y el lugar solo tenía dos mesas ocupadas. Así que acerqué una silla vacía de una mesa contigua, también vacía, para colocar en ella todos mis pertrechos. No way. Enseguida me dijeron que no podía hacer eso. Esta vez la excusa era una cierta normativa de incendios. Así que, como pude, fui colgando en la silla todos mis bártulos ( parecía un árbol de Navidad) y tuve buen cuidado de no levantarme. Si lo hiciese el peso de mis útiles habría provocado la desestabilización del asiento y, además del caos que crearía, seguro que infringía alguna norma.
  4. Sigo con cafeterías. Un día de esta semana desayuné en uno de los puestecilllos del Sony Center. Me acomodé como pude ( de nuevo con todos mis pertrechos) en una de las mesas al lado de homeless, ejecutivos concentrados en sus pantallas, y gente que simplemente leía el periódico.
    Sobre la mesa, un cartel blanco. Ilusa de mi, pensé que era el menú (raro, pues había tenido que comprar mi desayuno en uno de los puestos y regresar a la mesa haciendo equilibrios con el café, el bagel y todo mi equipamiento). Que va! Eran las normas de conducta del Sony Plaza, que, entre otras cosas, prohíben generar condiciones que puedan suponer un riesgo a la salud o la seguridad de los demás o que les puedan molestar. Por lo menos, aquí las cosas están claras. Eso sí, puse mi teléfono en silencio, no fuese a infringir las normas por una llamada inoportuna.
  5. Y finalmente, los aeropuertos, otros lugares proclives a la exhuberancia normativa. Hoy el aeropuerto estaba atestado de gente y al pasar el control de seguridad entré en esa cápsula de seguridad digna de una película espacial. La cosa ya empezó mal porque no puse los pies en el lugar exacto. Después de tantos años aprendiendo modales, me traicionó la costumbre y mantuve mis piernas más próximas de lo que a la capsulita le gusta. Cuando ya me coloqué bien, me hicieron un segundo examen y sonó un pitido ya que la dichosa cápsula detectó algo raro en mi cuerpo. Comenzaron a mirarme todos los agentes y me dijeron que tenía que pasar a una cámara privada. Un poco indignada, pero disimulando, les dije que quien se hacía cargo de mis cosas. Me contestaron que ellos y me pidieron que les indicase cuales eran. En un gesto intuitivo toqué una de las tres bandejas. Grave infracción. Una agente que me doblaba en tamaño me dijo que, en el estado de semi detención en que me encontraba, tenía absolutamente prohibido tocar nada. Me asusté un poco y decidí que, ante tan mal tiempo había que poner muy buena cara. El cuarto privado seguía  ocupado y allí estaba yo descalza en el medio de la terminal. ¡Qué ironía que en un país en el que en las puertas de muchos edificios hay desinfectante para las manos, te tengas que pasear descalza por el aeropuerto! Pero claro, eso es en los edificios de Madison Avenue y yo ahora era una semi detenida. En este estado creí prudente no compartir mis reflexiones con mi agente armario! La cámara seguía ocupada y, viendo mi cara de prisa, la agente me dio la opción de " proceder con el registro exhaustivo" allí mismo. Vista la hora que era, decidí que era mejor evitar cualquier demora y pasar de convencionalismos. Por fin se convencieron de que no transportaba droga ni nada, tan solo algún dinero en un bolsillo del pantalón y me dejaron ir. Allí estaba yo, descalza y haciendo malabares con las bandejas, cuando por fin salieron de la cámara. Abrí los ojos como platos al ver que sacaban a dos hombres jóvenes esposados de pies y manos! De nuevo, parecía ser yo la única asombrada. 
Supongo que todas estas normas tienen alguna justificación fundada que explica su origen. Ahora bien, su aplicación ciega, independientemente de las circunstancias, puede dar lugar a situaciones absurdas.  Aunque, también entiendo que, cuando hay que gestionar grandes masas de gente, la flexibilidad puede ser un problema de cara a la eficiencia. Y... A eficiencia nadie les gana! El embarque del avión se hizo en un tiempo récord y sin prisas ni agobios. ¡Me quito el sombrero!

Por cierto, hablando de sombreros, los dos hombres que salieron esposados del cuartito, tuvieron la templanza de pedir a una mujer que les esperaba que les colocase sus sombreros tejanos en la cabeza. Cosa que hizo y así de ufanos ( aunque con alguna dificultad a causa de las esposas de los pies ) siguieron caminando por la terminal rodeados de guardias. De nuevo, sólo yo prestaba atención. Me pregunto ¿ será que estoy viendo una película y no me entero?

1 comentario:

Andres Torrubia dijo...

Y luego está el transgredir normas no escritas: hace un año estuve en Las Vegas, iba con unos amigos y aunque a mi me gusta calcular relativamente justo los tiempos de espera en aeropuertos, ellos eran muy nerviosos así que no querían por nada del mundo perder el avión de vuelta a España y llegamos a la puerta de embarque dos horas antes de la salida del vuelo. Ni un alma en la terminal y nada que hacer.

En mi cabeza esta ecuación: Aeropuerto enorme con terminal internacional en linea recta + ropa de deporte en la mochila+ 2 horas + $25 por usar sala VIP con ducha = Sesión de running en el aeropuerto. Alguna norma impide hacer deporte en los aeropuertos? Yo comprobé que no (corrí mas de 10 Km en total).