
bastantes kilómetros más adelante, se acerque al Mar Cantábrico. Caminamos entre bosques de hayas, robles y castaños, desnudos en esta época del año. La luz del sol se filtra entre los troncos esbeltos de los robles jóvenes que se elevan estilizados hacia el cielo, como si fuesen las cuerdas de un arpa en la que el viento arranca melodías y susurros.
Es ésta una zona rica en pizarra cuyas formas agrestes, duras y cortantes asoman en la superficie de los caminos. En las zonas altas se pueden contemplar los montes cercanos redondeados y cubiertos de brezo. También en ellos asoma la pizarra en determinadas zonas, formando cordilleras afiladas e incisivas de color grisáceo. Cerca de la cuenca del río abundan las ouriceiras, construcciones circulares utilizadas para guardar las castañas en los propios soutos (o bosques) y protegerlas de la voracidad de animales como jabalíes. En la actualidad sólo parecen servir como almacén de de las hojas secas que por casualidad han ido a caer dentro de sus paredes.

Ha sido un lujo poder disfrutar de esta ruta tan bonita y bien acondicionada y señalada.En el camino de vuelta comienzo a pensar en la despoblación que vive el campo gallego. Cada vez menos personas viven en zonas rurales y las que lo hacen son, en general, de avanzada edad. Si el éxodo campo ciudad no se detiene en algún momento, pronto zonas enormes estarán completamente deshabitadas. Y en ellas será aún más difícil mantener senderos, acondicionar rutas o disponer de fuentes. Quizás entonces lo más exótico en las caminatas no sea descubrir el vuelo de un buitre, las huellas de un lobo o las flores de una planta extraña. Entonces lo exótico será ver una columna de humo que escapa de una chimenea elevándose hacia el cielo.
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